Acompañando tu transformación de dentro hacia fuera

Moverse es digerir

Dar más vueltas a un asunto es rumiación. Así una se encierra en su propia pesadilla. Es destructivo.

Mover el cuerpo es vivir y procesar. Es constructivo.

Pero no de cualquier forma, el movimiento en sí no basta. Es necesario estar y permanecer en contacto con aquello que nos atraviesa. Porque lo que sana es la consciencia.

No es una escapatoria, todo lo contrario. El foco de tu atención tiene que estar aquí dentro, los ojos bien abiertos y con curiosidad, que es el antídoto al juicio.

Es una meditación.

Algo se mueve, mientras algo permanece estable. Tu cuerpo puede temblar, saltar, golpear, llorar, andar en círculos, dejarse caer… si tu atención permanece aquí y ahora, aquello por fin se puede procesar, transformar y sales refrescada, renovada.

Dejar el cuerpo expresarse en libertad es facilitar que te caiga la ficha que pulsa en tu interior en forma de tensión, de emoción, de inquietud.

¿Estás cansada? Muévelo.

¿No te atreves? Muévelo.

¿Estás triste? Muévelo.

¿No aguantas a los demás? Muévelo.

¿No te aguantas a ti misma? Muévelo.

¿Estás emocionada? Muévelo.

¿Has perdido algo grande? Muévelo.

¿Vuelves a sentirte viva? Muévelo.

¿Estás cagada de miedo pero sabes que es por allí? Muévelo.

No hay buen o mal estado para moverte. No hay buen o mal momento. El momento es ahora, siempre. Ponte música y pruébalo.

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