Acompañando tu transformación de dentro hacia fuera

La cruda realidad

Meditar no es ni guay ni maravilloso. A menudo, ni siquiera es agradable.

Cuando meditas sin fantasear, te haces más sensible a lo que hay dentro de ti. Eso que habitualmente tapas con el consumismo, con opiniones o figuras de luz porque no lo quieres mirar… se hace presente y en 3D.

La práctica consiste en dejarte verlo, sentirlo en el cuerpo, una y otra vez.

Dolerá todo lo que no te dejaste doler – por eso te habías alejado tanto de ti. Vas aprendiendo a estar con el dolor y sí, se transforma y empiezas a reconciliarte contigo, a tocar con una fuente de felicidad profunda e inalterable.

Pero allí tampoco entras en el reino de los cielos… tu interior se vuelve más disponible para sentir el dolor a tu alrededor, la tragedia de ser homo sapiens en este momento, tu propia incoherencia. Quizás te duelen comentarios que antes hacías tú misma. Quizás te replantees tu propósito de vida.

La verdad no vende. Pero cuando vives engañándote, tarde o temprano lo pagas, porque algo en ti siempre sabe. Algo está incomodo, insatisfecho, aunque tengas tu vida material ‘resuelta’. Este mismo algo que te lleva a empezar a meditar.

Bendita sea esta incomodidad.

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